El 95% de las empresas no confía en su proveedor de ciberseguridad, ¿qué está pasando?

El informe Cybersecurity Trust Reality 2026 de Sophos, basado en 5.000 organizaciones de 17 países, ha destapado una realidad demoledora.

Esto sitúa la confianza como uno de los principales puntos débiles del sector, en un contexto donde las amenazas aumentan y la complejidad tecnológica no deja de crecer.

Un entorno cada vez más complejo y difícil de evaluar

Está claro que, en pleno 2006, la combinación de ciberataques más sofisticados, presión regulatoria y la integración acelerada de la inteligencia artificial ha elevado el nivel de exigencia.

Las empresas no solo necesitan soluciones eficaces, sino también garantías claras de que esas soluciones funcionan y están bien gestionadas.

El problema es que muchas organizaciones no saben cómo evaluar esa fiabilidad.

Dicho estudio muestra que el 79% tiene dificultades para valorar nuevos proveedores y que el 62% tampoco logra hacerlo con los actuales.

Esta falta de criterios claros genera incertidumbre y ralentiza decisiones clave.

Ross McKerchar, responsable de seguridad de la información en Sophos, lo explica con una idea contundente: “La confianza no es un concepto abstracto en ciberseguridad, sino un factor de riesgo cuantificable”. Cuando no se puede verificar la transparencia o la madurez de un proveedor, esa duda impacta directamente en la estrategia empresarial.

La desconfianza ya tiene consecuencias reales

Este escenario no se queda en una percepción. Tiene efectos directos en el funcionamiento de las empresas. La falta de confianza provoca retrasos en la toma de decisiones, aumenta la rotación de proveedores y genera fricciones internas entre equipos técnicos y directivos.

Además, el 51% de las organizaciones reconoce que esta situación incrementa su preocupación ante la posibilidad de sufrir un incidente grave. Es decir, la desconfianza no solo afecta a la relación con los proveedores, sino también a la percepción del riesgo global.

Las empresas se encuentran así en una posición compleja: dependen de soluciones externas para protegerse, pero no terminan de confiar en quienes las ofrecen.

El problema de fondo: falta de transparencia y pruebas

Uno de los principales factores detrás de esta crisis es la falta de información verificable. Las organizaciones demandan evidencias claras sobre cómo funcionan las soluciones, cómo se gestionan los incidentes y qué nivel real de protección ofrecen.

Sin embargo, en muchos casos reciben mensajes genéricos o promesas difíciles de contrastar. Esto alimenta la sensación de opacidad y dificulta la toma de decisiones informadas.

Las empresas buscan cada vez más certificaciones independientes, auditorías externas y datos objetivos que respalden la fiabilidad de los proveedores. La confianza ya no se basa en la reputación, sino en la capacidad de demostrar resultados.

La regulación y la IA elevan el nivel de exigencia

El contexto normativo también está acelerando este cambio. Las nuevas regulaciones obligan a las empresas a justificar sus decisiones en materia de ciberseguridad, lo que incluye la elección de proveedores.

Phil Harris, experto en gobernanza y cumplimiento, apunta que esta tendencia está redefiniendo el concepto de confianza: “La confianza está pasando de ser un mensaje de marketing a convertirse en un requisito de cumplimiento justificable”.

A esto se suma la irrupción de la inteligencia artificial, que introduce nuevas dudas. Las empresas no solo evalúan si una herramienta es eficaz, sino también si su uso es transparente, ético y correctamente supervisado.

¿Un cambio en el sector de la ciberseguridad?

Este informe deja claro que la confianza ha pasado de ser un elemento secundario a convertirse en un pilar central de la ciberseguridad. Ya no basta con tener la mejor tecnología; es necesario demostrar de forma continua que esa tecnología es fiable.

McKerchar lo resume de forma clara: «Se pide a los CISO que demuestren la confianza, no que la den por sentada». Esto implica un cambio profundo tanto para las empresas como para los proveedores, que deben adaptarse a un entorno donde la transparencia y la validación externa son esenciales.

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